No puedo recordar cuántos esclavos he tenido a mis pies. No los he ido contando.
Guardo muy buenos recuerdos de algunos de ellos, siento indiferencia hacia otros, rechazo ante unos cuantos y a otros los he olvidado completamente.
Pero incluso esos que me causan indiferencia, rechazo u olvido, hubo un tiempo en que creí en ellos, de lo contrario jamás los habría considerado míos.
Con el tiempo, recordamos las cosas buenas de quienes han pasado por nuestra vida, aunque yo también tengo presentes las malas.
Cuando me piden otra oportunidad, sopeso si realmente me apetece usarlos y, si es así, la concedo. Pero una nueva oportunidad viene con más exigencias, un control más estricto y la completa desnudez mental obligatoria.
Y no, no hay nada eterno. Yo me puedo cansar de un esclavo o el esclavo puede decidir no continuar con nuestra relación. Ocurre que no me niego a mi misma lo que sea que me apetezca: si deseo someter a alguien que ya ha sido mío, lo hago. Carpe Diem.

No hay comentarios:
Publicar un comentario